Según los últimos estudios, una pareja tipo suele tener 3,2 relaciones sexuales a la semana el primer año de relación. El segundo año, dicha frecuencia baja a 1,9 y el tercero a 1,1. A partir de este punto la frecuencia continúa descendiendo pero en menor medida.  Muchos son los que creen que la convivencia diaria, los problemas del día a día o la rutina van poco a poco apagando la llama de la pasión y que incluso esto es inevitable. Falso.

Si la pasión se enfría es porque hemos permitido que así sea. Y es algo muy preocupante porque sin sexo, que nadie se engañe, no hay pareja. Habrá convivencia, quizás cariño y puede que también amor… pero no hay una relación de pareja. Y lo más curioso es que ponerle remedio es mucho más sencillo de lo que parece.

Básicamente las dos palabras que defenestra la pasión son MONOTONÍA  y PEREZA (Siempre que hablemos de parejas en las cuales no haya un conflicto más profundo que derive en esa falta de deseo). La monotonía suele producirse por la falta de iniciativa y comunicación íntima entre ambos. El miedo a arriesgar, a probar algo que no nos guste o a quedar en evidencia por proponer cosas nuevas nos lleva a quedarnos con aquellas artes amatorias que sabemos que sí funcionan. El problema es precisamente ese… que llega un momento donde ya no funcionan. Es más;  cansan, aburren e incluso pueden volverse aversivas. ¿Que pasaría si todos los días de la semana tuvieras para comer arroz con pollo? ¡Todos! Durante un mes, seis meses, un año, dos… llegaría un momento en el que su simple olor te produciría nauseas. Pues en la cama nos pasa lo mismo. La falta de variedad va minando el deseo poco a poco.

¿Significa eso que tienes que convertirte en una experta madamme o memorizarte una por una las fantasías sexuales de la protagonista de cualquier novela erótica? Obviamente, no. Tú conoces mejor que nadie tú sexualidad y sabes hasta donde puedes llegar y hasta donde no. Muchas veces un juego preeliminar, un cambio de posturas, un juguete, un lubricante o un cambio de espacio y de tiempos puede ser pura gasolina para esa llama que parecía apagarse. Obviamente, esta actitud al cambio tiene que manterse en el tiempo.  Si cambiamos de la postura del “Misionero” a la del “Cangrejo” y nos tiramos así otros tres años, el deseo volverá a desvanecerse.

Y hablando de deseo… centrémonos ahora en la segunda “palabra criptonita” de la pasión en una pareja: La pereza. Y es que el deseo y la pereza son dos palabras unidas por una creencia tan falaz como extendida: El deseo tiene que  “Aparecer” o tiene que “venirte”.

Excepto los conejos de las chisteras, pocas cosas “aparecen” como por arte de magia. Y el deseo no es una de ellas. Partiendo de que tu pareja te gusta y que en su día fue capaz de enamorarte, el deseo sexual hacia ella debería de estar presente en vuestra relación. Y si no lo está, debes de provocarlo un poco.

Muchas cosas dan pereza en la vida diaria, incluso aquellas con las que pretendemos cubrir nuestras necesidades más básicas. Da pereza ponerse a hacer la cena. De pareza irse a la cama cuando no tienes sueño. A veces incluso da pereza ducharse. Pero al final hacemos un esfuerzo. Y resulta que al hacer la cena se te abre el apetito. Y al irte a la cama,  te duermes al minuto.  ¿Magia? No. Las cosas a veces requieren de hacer algo más que esperar a que te lleguen.  Y el deseo es una de ellas.

Para ello es importante trabajar los previos. No hablamos de juegos preliminares, sino de calentar el ambiente previo al encuentro. Un mensaje un poco tórrido a tu pareja a media tarde, un baño de espuma con el agua tibia, una película erótica… ¿A que funciona? Efectivamente, ya no te dará tanta pereza lanzarte a los brazos de tu amado o amada en cuanto entre por la puerta.  Porque el deseo se trabaja. Y nos da mucho más placer que el tiempo que nos exige.

La pasión puede estar viva hasta el último día, no lo olvideis. Solo depende de vosotros.

 

Jon Ibañez Ámez.